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La mejor escena de la historia del cine

Publicado 9th July, 2010. Categoría: Cine
Autor: Serafín H. Bellido

Sé que seleccionar la mejor escena puede ser complicado, sobre todo porque incluso en películas que son mediocres puede haber alguna secuencia, o escena, que se salve y destaque, de manera notable, por encima de todas las demás. Escenas de calidad puede haber por lo tanto cientos, tal vez miles, y entre si son tan diferentes, pero al mismo tiempo tan cercanas al descubrirnos quienes somos los seres humanos, pues pienso que esa es la cuestión principal en la elección de la mejor escena, que tal vez lo más acertado habría sido seleccionar varias y no sólo una, sin embargo tenía una candidata que me parecía tan magistral, e irrepetible, e inmejorable, que podía prescindir sin demasiado desconsuelo del resto. 
Si en lugar de recomendar una escena hubiese creado un listado de películas, una posible fácil solución para este tipo de recomendaciones tan selectivas que es bastante frecuente encontrar en la prensa escrita y en sus numerosos plagios, y adaptaciones, en Internet, habría ofrecido sin duda una buena referencia para quien desea por si mismo lanzarse a ver varias decenas de esos títulos para sacar al final, casi seguro, la conclusión de que el orden ofrecido no se corresponde con el que él, o ella, habría establecido. Un listado de películas sin duda tiene su atractivo pues permite con mucha más riqueza, que al seleccionar una sola escena, crear ese perfil humano que nos define, pero proponerle que se dedique a ver decenas de películas está fuera de lugar pues tampoco es esa la idea con la que se ha creado este blog, nadie pretende que usted tenga aquí tareas pendientes.

Como en cualquier otra selección que se pueda hacer, ya sea de películas al completo o de escenas, no hay ninguna fórmula que nos permita acertar y ofrecer como respuesta algo que guste a todos y con lo que todos estén de acuerdo, ahora bien la fórmula para fallar si que la conozco y es precisamente esa, intentar agradar a todos.
¿Cómo podría elegir una película pensando al mismo tiempo en los gustos de un crío que considera que la calidad se mide atendiendo al número de acrobacias y efectos especiales, y en los gustos de una romántica fiel a las películas que exalten el amor? En medio de estos dos prototipos de incompatibles amantes del cine encontramos una variedad tan grande, desde los aficionados a las películas del oeste, pasando por los seguidores de las películas de terror, hasta quienes son más selectivos y se quedan sólo con la obra de un actor o un director, que queda evidenciado que no hay manera de compatibilizarlos a todos localizando una obra que mezcle todos los géneros. Afortunadamente, también hay que reconocerlo, ese raro popurrí de película nadie ha decidido hacerlo todavía.

Cuando seleccioné la mejor escena, no intenté hacer una media entre todos esos gustos y estilos pues esa selección no es una cuestión de medias, sino de quedarse con la más destacada, asumiendo carencias, que desde principio a fin nos ofrece una versión de nuestra vida y nuestro mundo que nos confirma que, para bien o para mal, no hay nada más fascinante que el ser humano. 

Entiendo, y aquí es donde me posiciono para dar criterios sobre la selección de la mejor escena, que lo extraordinario del cine es que nos descubre lo más cautivador del ser humano desarrollando su vida y expresando sus capacidades. El cine nos transforma a todos en narcisistas de nuestra condición humana, da igual que nos podamos reconocer, o no, en el protagonista pues gracias a la película que estamos viendo asistimos al despliegue de nuestras propias colas de pavos reales luciendo encantos, atractivos, y nuestra afirmación como seres humanos.
Esa gran escena no he sido capaz de localizarla en el cine realista, y mucho menos en el que llega al extremo de ser documentalista, tampoco la ciencia ficción me ofrece momentos tan extraordinarios como para alcanzar a la que desde un principio tenía como principal candidata (reconozco mis dudas con otra escena que tal vez comente más adelante).
Buscaba un trampolín que me lanzase con todo lo que conozco del ser humano mucho más allá de los límites que jamás pude imaginar, y abandonando la realidad conocida necesitaba que todo fuese creíble, posible, flexible, y al mismo tiempo real.
A estas alturas, por las características que ya he mencionado,  multitud de películas quedaban fuera de la selección pues, sobre todo en tiempos recientes, existe un gusto especial, o una incapacidad para hacer un trabajo de cierta calidad, por los personajes que parecen autómatas, inquebrantables hasta límites insospechados con los que es imposible la identificación para cualquier persona, incluso para las menos corrientes, pues incluso en las debilidades sólo nos dan un respiro antes de que hagan saltar por los aires una ciudad o se lancen desde un avión sin paracaídas, por su puesto sin llegar a despeinarse.

La escena elegida la puede ver en un fragmento de la película Vértigo, de Alfred Hitchcock, y salvo que en youtube eliminen el video aquí la tiene:

Esa escena es de una calidad demoledora.

Le pongo en situación.

Scottie (James Stewart) está pasando por una depresión tras perder en un accidente a la mujer de la que se había enamorado. La historia comienza cuando un antiguo amigo del colegio le encarga un trabajo de seguimiento de su esposa, pues ésta lleva un tiempo con un comportamiento extraño.  Scottie se dedica a seguir a la Señora Madeleine (Kim Novak) a lo largo de la ciudad de San Francisco para confirmar que efectivamente su comportamiento no parece del todo normal ya que parece estar, de alguna manera, influida por, tal vez, el espíritu de una mujer, Carlotta Valdés, fallecida muchos años atrás. Tras un intento de suicidio de Madeleine, Scottie no tiene más remedio que darse a conocer saltando a las aguas de la bahía de San Francisco para rescatarla. A partir de ese momento ambos intentan encontrar una respuesta a esa influencia nada positiva del espíritu de Carlotta, al mismo tiempo que de manera inevitable para ambos comienza una atracción a la que no intentan ponerle ningún freno.
La relación termina una noche en la que Madeleine conduce a Scottie hasta una antigua Misión española. Desde el campanario de una iglesia Madeleine se lanza al vacío consiguiendo por fin poner fin a su vida. Mientras Scottie asiste, impotente, a ese fatal desenlace sin poder alcanzarla debido a su vértigo. Tras un juicio en el que, sin condenarlo, se le acusa de no haber hecho lo suficiente para haber conseguido salvar a Madeleine de esa muerte, Scottie entra en la depresión.
Hasta que un día caminando por las calles de San Francisco, mientras recuerda sus últimos días con Madeleine, ve a una chica con un parecido físico notable con su desafortunada amada. La sigue y consigue entablar amistad con ella.
Lo que no sabe Scottie es que esa chica, Judy, es realmente Madeleine, pero no la esposa de su amigo, sino la mujer a la que contrató para hacer creer a Scottie que era su esposa (a la que en verdad Scottie nunca llegó a conocer, ¡ya lo sé!, este lío no está nada claro pero tampoco quiero desvelarle la película al completo).
Lo que importa aquí es que Scottie, reconociendo el parecido de Judy con Madeleine, le pide que se cambie de color de pelo, se peine y se vista igual que la difunta.

Y aquí es desde donde parte la escena:

Scottie es un hombre que vive arrastrado por una pasión a la que la muerte de Madeleine sólo puso fin en la consecución de la plenitud de un amor compartido pero sin poder borrar de su corazón, que arrastra a su mente, el deseo irracional de volver a ver a la mujer que amó.
Scottie es un personaje fascinante pues reconocemos en él a un hombre que se entrega sin límites  y sin que él pueda contener sus sentimientos.
Su entrega, más allá de la muerte, lo convierte es un luchador derrotado pero nunca dispuesto a claudicar.
Judy se muestra cautelosa pues sabe que no puede desvelar la que fue su pasada identidad. Sin embargo le resulta imposible resistirse al amor que Scottie demuestra en cada momento por el recuerdo de Madeleine, y ella, que sabe que puede volver a recibir ese amor, se debate en una lucha interna en la cual a cada petición de Scottie para que sea posible esa transformación responde siempre con una negativa desesperada, pues desea volver a ser Madeleine y recibir el amor de Scottie y al mismo tiempo sabiendo que esa vuelta al pasado podría ser el inicio del fin le hace desistir de su deseo.

Scottie, por fin, consigue convencer, de no muy buena gana, a Judy para que se vista igual que Madeleine y se cambie el color del cabello, pero cuando regresa a la habitación del hotel (comienzo de la escena aunque en el vídeo se puedan ver algunos segundos anteriores mientras transforman a Judy en Madeleine en una casa de belleza) aún le falta el peinado.
Judy se vuelve a resistir pero claudica sabiendo que si no da ese paso, el último, no podrá tener de nuevo a Scottie.
Se encierra en el cuarto de baño, como si se hubiese introducido en el ataúd de Madeleine, en mitad de una atmósfera irreal entre una luz verde símbolo de la nueva vida que está por llegar.
Scottie desespera y cuando de nuevo vuelve a abrirse la puerta del baño se alcanza la cumbre de todo lo que un hombre y una mujer que se aman pueden pedir de la vida.
Aunque la fascinación se encuentra en el rostro de Scottie realmente ese es el momento de Madeleine pues ella ha dado un paso que puede poner en riesgo su vida, pero a pesar de su delicada situación retomando la imagen de Madeleine, demuestra que, al igual que Scottie, desea estar más allá de las limitaciones y peligros de la vida. En ese momento tanto Scottie como Madeleine son un hombre y una mujer que se aman por encima de todo lo que existe en el mundo. Scottie ha conseguido recuperar de la muerte a su amada y Madeleine en un acto de inmolación se entrega al amor de Scottie en esos segundos de exaltación de la unión entre un hombre y una mujer.

Hitchcock, de la mano de la música de Bernard Herrmann (en una partitura que recuerda como nunca a Tristán e Isolda de Wagner, sino escuche el preludio de esta ópera), consigue hacer posible lo que nadie podía imaginar. Lo que sucede en esa pequeña habitación es el regreso a la vida de la amada, y poco importa que realmente Madeleine y Judy sean la misma persona, pues gracias a lo bien construido que está el guión en el momento en el cual Judy sale del cuarto de baño sólo podemos ver con los ojos de Scottie a Madeleine que regresa a la vida. 

¡Increíble! ¡Creíble!

Hitchcock lo consigue y no necesita echar mano de rayos frankensteinianos, ni necesita la más avanzada crionización, ni siquiera necesita milagros, ¡ni efectos especiales 3D!.
Es posible devolver a la vida a quien un día amamos y la muerte nos arrebató porque Scottie nos demuestra que su unión va más allá de la muerte y Madeleine también nos demuestra que sólo por ese instante está dispuesta a sacrificar su vida.
Magistral.

En ocasiones, a pesar de su calidad, resulta complicado determinar si en verdad la escena que estamos viendo es tan maravillosa. La solución sólo la puede dar la experiencia porque si bien no necesitamos comparar para saber que eso que vemos nos está gustando si que necesitamos echar mano de la experiencia previa para concluir si es mejor o peor que cualquier otra película.
Le voy a dar un ejemplo. La película Persiguiendo a Betty tiene una escena que en cierto modo podría compararse con la que le acabo de mencionar de Vértigo. Por lo menos es similar en cuanto al sentido de aparición inesperada y de sobrecogimiento que siente un hombre ante la belleza, en todos los sentidos, de una mujer.
Lo más sorprendente de esta película es que hasta el momento en el que llega esa escena lo menos que se puede esperar es que Morgan Freeman pueda sentir algo parecido por Renée Zellweger (Betty), pero la escena tiene sentido y es reveladora del mundo interior de Freeman, así que en ese sentido se puede considerar una escena creíble aunque inesperadamente sorprendente.
En cualquier caso es un momento mágico que marca la película. Allí en mitad del desierto, contemplando el Gran Cañón del Colorado, Freeman se gira y de repente allí está ella (Betty), mientras suena esta canción:



Que dice algo como:

¿No lo sabes?
Que me enamoré de ti,
por el resto de mi vida entera.
¿No lo sabes?
Que yo fui tuya,
desde el día en que tú apareciste en mi camino.
¿No puedes ver que estoy bajo tu hechizo?,
por el brillo en mis ojos.
¿No lo puedes decir?. ¿No lo puedes decir?.
¿Ahora,  no lo sabes?
Que cada latido de mi corazón,
está lanzando el grito: te amo tanto.
¿No lo sabes?.

Freeman no puede dar crédito a esa aparición, aquí se agradece la justa expresión de este actor, el movimiento imperceptible pero inequívoco que demuestra su sorpresa. La mira y se mueve en torno de ella como para verificar que está allí y también para poder apreciar su belleza. Se quita el sombrero y sin pedir permiso, pero dejando pasar dos segundos que son equivalentes a esa solicitud, la besa.
Sin duda es una escena preciosa pero compárela con la “equivalente” de Vértigo.
Hitchcock crea un ambiente irreal donde cada actor ocupa el justo lugar en pantalla. La imagen de la aparición de Madeleine está cuidada al máximo dejándola ver de manera progresiva en un degradado que termina por confirmarnos que ella, en verdad, ha regresado ante la impaciencia que no deja de crecer de Scottie.
No sería justo decir que Betty ni siquiera está bien peinada, porque no parece un detalle importante, pero si usted ve Vértigo y descubre la importancia del peinado de Madeleine no le quedará más remedio que fijarse hasta en los más pequeños detalles.
La escena de Betty se ha resuelto casi de cualquier manera, con los actores cortados a medio cuerpo, sin que veamos la cara de Betty salvo durante un par de segundos y con una iluminación que tal vez podría haber estado más cuidada.
De todas maneras la escena de Persiguiendo a Betty es sorprendetemente agradable, así que se agradece encontrarla en esa película.

La escena de Vértigo es una maravilla que seguramente podrá apreciar con más intensidad si decide ver la película al completo.
La película no le costará más de 10-12 euros y si la compra de segunda mano el precio a cambio de este tesoro no le puede plantear muchas dudas. Cómprela si no la tiene todavía.

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